Las Casualidades no existen.
PRIMER CAPITULO:
Era uno de esos días en los que no crees en nada, en los que te levantas con un montón de recuerdos tristes en la cabeza. Un día de esos en los que todo te parece una mierda. No tienes nada por lo que alegrarte y por más que intentas ser positiva no lo consigues. Lo que no esperaba es que ese día le conociera.
Llegaba tarde al trabajo para no variar. Soy diseñadora gráfica, y me fascina lo que hago , ademas tengo un despacho bonito. Apenas sin espacio, pero tampoco necesito nada más. La mayoría de mis compañeros son maravillosos, de esos con los que puedes salir a tomar cervezas y disfrutar de su compañía también fuera de allí. Mi jefe tenia días en los que era un autentico capullo, y otros en los que su sonrisa te desquiciaba, pero en general no me caía mal.
Esa mañana tenía un montón de proyectos. Sin ganas de nada me puse a ello. Estaba deseando que se terminara el día. Deseando llegar a mi casa y desconectar.
Llego la hora de comer y ya tenía prácticamente todo hecho. Siempre me llevaba algo, pero ese día no tuve ni tiempo, así que decidí bajar algún sitio a comer.
La verdad que tenía hambre, habían sido unas horas duras y mis ánimos tampoco ayudaban. Pase a un bar que era muy acogedor, tenía buena pinta y no había mucha gente así que decidí quedarme allí.
De repente se abrió la puerta y pasó un hombre de unos 30 años. Moreno, alto, y con unos ojos verdes que se te quedaban clavados. Iba con un buen traje y una sonrisa, de esas que al mirarlas se contagian. Me quede embobada mirándole, casi sin pestañear, como si jamás hubiera visto algo igual.
Al darme cuenta quite rápidamente la mirada. Me sentía una estúpida, solo esperaba que no se hubiera dado cuenta nadie, aunque en realidad solo hubiera cuatro personas.
Seguí comiendo como si nada. Cuando volví a levantar la cabeza de la mesa le vi como venía caminando hacia mí. Mi corazón empezó a latir todavía más deprisa.
Se sentó justo detrás de mí. En ese momento no sabía si alegrarme por que estuviera cerca o salir corriendo. No sabía que me había pasado, jamás me había puesto tan nerviosa, ni me había quedado tan embobada mirando a alguien. No lograba entender lo que me pasaba.
Al terminar de comer me levante deprisa para pagar, tenía que volver al trabajo en unos minutos y al levantarme tuve la mala suerte de tropezar y caer al suelo.
Como ya os había contado antes era uno de esos días en los que mejor no levantarse de la cama. Así que allí me vi, en el suelo. Me intente levantar deprisa y cuando quise hacerlo, allí estaba el, dándome la mano para ayudarme. Mi cara era un poema, estaba roja y avergonzada, demasiado avergonzada.
No le di la mano, me levante yo sola y le di las gracias. Él me contesto de nada, una mala caída la tiene cualquiera. Pero yo sabía que había hecho el ridículo y encima delante del chico que me había dejado embobada nada más pasar por aquella puerta. Rápidamente pague, cogí mis cosas y salí pitando de allí.
Con suerte ya no le volvería a ver.
Llegue al trabajo con cara de pocos amigos. Todos me preguntaban que si estaba bien, que si me había pasado algo. Yo solo les decía que no era mi día y enseguida me encerré en mi despacho sin ganas de ver a nadie.
Llego por fin la hora de irme a casa, tenía muchas ganas de llegar.
Iba ya de camino al coche, cuando me empezaron a llamar al móvil, rápidamente empecé a buscarlo por el bolso sin mirar hacia delante y cuando por fin conseguí cogerlo me choque de frente con alguien, al mirar hacia arriba le vi.
Era el. El mismo que me había dejado con la boca abierta en aquel bar, y el mismo que me había visto hacer el ridículo.
No me lo podía creer, con toda la gente que iba andando por la calle, tenía que chocarme precisamente con él. Sin apenas decir nada nos quedamos mirando. Era mucho más guapo de cerca, y sus ojos me dejaron casi sin respiración.
Se apartó y me dijo: Lo siento, íbamos los dos a lo nuestro.
No pasa nada, perdóname tú a mí. Le conteste
Cuando quise irme de allí me cogió del brazo y me dijo: espera un momento.
Yo me gire y sin saber muy bien que decir me pare.
¿No te parece una casualidad que nos volvamos
a encontrar? Con lo grande que es Madrid.
En ese instante le veía como algo de otro mundo, su presencia me ponía de los nervios.
Si, le conteste. La verdad que sí.
Me regalo una sonrisa. Me gustaría invitarte a algo, si quieres por supuesto.
Estaba tan nerviosa que le dije que si en seguida. Sin apenas darme cuenta.
Por cierto me llamo Edgar
- Yo Noa.
En ese momento nos dimos dos besos y cuando retire mis labios de su cara es cuando supe que todo cambiaría.
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